Hola. Me llamo Larissa Hernández y sufro de migraña crónica. Cuando me preguntan cómo es mi migraña le digo: Es como una tortura china. Como esa gota que cae una y otra vez en tu frente y te vuelve loca. Es como morir poco a poco. Como morir muchas veces. Es como un monstruo que aplasta mi cabeza. Cuando me ataca, sé que no podré hacer nada en el día. No iré a la oficina. No adelantaré trabajo alguno. No leeré ni escribiré. No seré un sujeto.
Soy periodista y he tenido el privilegio de poder trabajar en numerosos proyectos relacionados con el arte y la cultura dentro y fuera de Venezuela, el país donde nací y ahora vivo. El periodismo es mi pasión. Pero también me gusta bailar, reírme a carcajadas, estar con mis amigos, desfilar en el Carnaval de Barranquilla, leer novelas, ir a la playa, organizar actividades culturales y promover la lectura a través de mi proyecto de biblioteca móvil Cuentos del Escarabajo. Lamentablemente, no siempre puedo disfrutar plenamente de esos momentos agradables.
Empecé a tener mis primeros síntomas cuando era una adolescente. Mis amigos del colegio recuerdan que me dolía a veces la cabeza y acostumbraba a tener calmantes en el morral. Siempre me dijeron que era hereditario, pues a mi abuelo materno le dolía la cabeza igual que a mí.
A mediados de mis treinta comenzó a ser más fuerte pero era episódico, casi siempre relacionado con la menstruación. Pero cuando cumplí cuarenta años, se volvió migraña crónica con más de 15 días de crisis al mes. Vivía en Bogotá en ese momento y los médicos pensaban que podía tener relación con la altura, el clima y el cambio en la dieta. Pero no mejoraba cuando estaba a nivel del mar. Estaba estudiando una maestría en Literatura, y aunque me tomara un montón de analgésicos antes de las clases, los profesores me decían que me veía desencajada. El dolor era terrible, me costaba tener los ojos abiertos. Tenía que regresarme a la casa, meterme en la cama sin ruidos y sin luz. Pero cuando estaba bien, era más activa, conversadora y rumbera que mis compañeros veinteañeros.
Regresé a Venezuela y no mejoraba. Podía dolerme la cabeza en una playa, en una fiesta, en el trabajo, durmiendo. Los ataques eran cada vez más fuertes. Ya había visitado otros neurólogos, sin mucha suerte, hasta que di con la doctora ideal: una neurólogo joven, simpática, maracucha y que también sufre de migraña.
Probamos con algunos tratamientos preventivos por un tiempo hasta que me dijo: eres candidata para el botox. Allí todo comenzó a mejorar. No estoy bien, sigo teniendo crisis, pero ya no me desespero ni temo que voy a morir.
Leo mucho sobre la migraña, sigo muchas cuentas en redes sociales que dan información y apoyo. Tengo mi propio Club de la Migraña con otras amigas que la sufren y allí nos acompañamos. También leo muchos estudios clínicos y libros como Migraña de Oliver Sacks, que cambió mi forma de afrontar la enfermedad y me dio esperanzas. Sacks en su libro dice: “Vemos, podemos sentir en nosotros mismos, la desintegración gradual de la función de la persona normal, exactamente como lo hacemos en un caso de apoplejía o de tumor cerebral; pero sin el desastre de la invalidez permanente”.
Me consuela saber que estaré bien. Tal vez mañana. Tal vez el día siguiente. La migraña es temporal. El dolor pasa, el dolor pasa, el dolor pasa. El goce de placeres volverá con el alivio.
Sé que compartir con otros me ayudó mucho también. Así que cuando me propusieron contar mi historia a través de este podcast que llamo "Mi Tortura China", para ponerle un tono de salsa con la canción "Dime por qué" de Ismael Miranda.

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